sábado, 28 de julio de 2012

Breve historia personal del Fin del Mundo


Nunca he leído ese clásico de Umberto Eco titulado Apocalípticos e integrados, que creo que es un aparato útil para clasificar, como tantos otros. Como estoy integrado en pocos colectivos, supongo que soy un apocalíptico. No sé si los integrados piensan en el fin del mundo, es posible que no tengan tiempo para eso. También es posible que si llegase, incluso en una versión moderada, les afectaría más a ellos. Los apocalípticos, desde luego, coleccionamos fines del mundo.

El primero que yo conocí tenía un sabor muy local. Una guerra civil había traído a Francisco Franco, un señor que saludaba a los españoles en navidades y, oí decir en la escuela, regalaba balones a niños pobres. Cuando muriese habría otra guerra civil, era ley de vida: hambre, destrucción y batallas cruentas, un fin del mundo aunque hechas las cuentas no el fin del mundo. En mi país las guerras civiles se habían sucedido en intervalos más o menos regulares de una media de treinta años. Pero la nueva guerra civil no llegó, aunque hay quien dice que es porque la vieja no llegó a acabar. O que ahora mismo hay otra, no declarada y que, por cierto, van ganando los mismos.

El segundo fin del mundo que vino a mi conocimiento estaba descrito en la Biblia, en imágenes de quitar el sueño. Dios, que había cambiado su denominación y se presentaba como Jehovah, le había comunicado a unos señores estadounidenses que finalmente el Armagedón ocurriría a mediados de los setenta, y ellos mandaron a los Testigos para que nos avisasen. La noticia me preocupó bastante, hice por crecer rápido y dejé el curso de guitarra porque no iba a dar tiempo. Pero al parecer el Dios de la Biblia es tan iracundo como poco puntual: ya había pronosticado el Armagedón varias veces y siempre lo dejaba para más adelante, porque ese espectáculo de ángeles con trompetas y siete sellos, jinetes furiosos y bestias con siete cabezas que marcan a sus seguidores con un código de barras, una especie de apertura de los juegos olímpicos en que muere todo el mundo, debe ser difícil de organizar hasta para Él.

Del tercer fin del mundo me enteré y de algún modo me enamoré pocos años más tarde. Hacía lo que yo creía ser política, entendía que el mundo era vil e injusto y que había que cambiarlo de raíz: una buena revolución, fuera mundo viejo y venga mundo nuevo. Como también estudiaba historia por entonces, no me escapaba que esa idea era en realidad muy antigua. Por un resto de buena educación nunca llegué a pensar que hubiese que realizarla a fuerza de bombas, pero el caso es que incluso alguno de los partidarios de las bombas alternaba ese proyecto con unas oposiciones. Con razón: en realidad son los integrados los únicos capaces de armar el fin del mundo con su peña de amigos. Lo que lleva al...


...cuarto fin del mundo, que ya no tenía que ver con proyectos maximalistas. Había motivos muy sensatos para temer el fin del mundo, allá por los ochenta. El que más recuerdo es la bomba de neutrones, uno de los últimos avances de la guerra fría. Como era capaz de exterminar vastas poblaciones con un mínimo impacto sobre la infraestructura, era ideal para las condiciones europeas, y después de tanta destrucción en guerras anteriores casi daban ganas de lamentar que no se usase: se usaría, claro. Y si no, bastarían las catástrofes que los ecologistas empezaban a pronosticar por entonces, como han seguido haciendo a razón de una por decenio. La que está en vigor es el calentamiento global, pero nunca faltarán otras porque el mundo se conduce como un esclerosado a doscientos por hora en una carretera vecinal: los mercados van sentados en el banco trasero y entran en pánico cada vez que levanta el pie del acelerador. Lo único que puede sorprender es que a esa velocidad el fin del mundo tarde tanto en llegar.

Mi quinto fin del mundo no era un fin del mundo propiamente dicho, más bien lo contrario. Aparecía en un famoso poema de Kavafis, Esperando a los bárbaros, donde se describe una urbe romana en pánico esperando la invasión que acabará con ella. Todo para en una espera angustiosa e interminable. Interminable porque es angustiosa, pero sobre todo porque los bárbaros no llegan, y eso acaba por decepcionar a los ciudadanos: quizás ellos fuesen, a fin de cuentas, una solución.

Después de eso creo que los fines del mundo me empezaron a aburrir, lo que puede ser un truco insidioso para cogerme desprevenido. Me enteré no hace mucho de que el mundo se acaba en el 2012 según el calendario maya, y confieso que no le di ninguna importancia. Y sin embargo todo indica que está ocurriendo. ¿Le ha llegado a usted alguna buena noticia este año? Puede que sí. Es que el fin del mundo se adapta al espíritu de los tiempos, se horizontaliza, se terceriza y se subcontrata, es un pós-fin del mundo fragmentado y multivocal. El fin del mundo es eso que va ocurriendo mientras miras al horizonte por si aparecen los cuatro jinetes. Ya ha llegado para especies enteras, y todos los días llega para muchos, es un fin del mundo customizado y al alcance de cualquiera.

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